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Dos citas Tinder

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  I Se llamaba Tito, al menos eso decía en su perfil. Esbelto, tez clara, tatuajes, alrededor de cuarenta años. Corrioso. Tenía un aire a Edward Norton en Historia Americana .  Nos quedamos de ver en un bar conocido por su ambiente guapachoso. Llegué puntual; él, tarde. Le escribí: “Aunque no vengas, yo ligo porque ligo”. Y me puse a socializar con un grupo de desconocidos animosos. Estaba bailando con unos de ellos cuando llega. “Espérame tantito”, le pedí para poder intercambiar número con Gerardo, a quien jamás volví a ver.  Tomamos algunas cervezas, ni idea de lo que platicamos, de lo típico, supongo. Eso sí, lo regañé por la tardanza. Al parecer el tipo había tenido una cita antes. No me importó. Nos besamos, después nos fuimos a mi casa. Del mejor sexo que recuerdo. Te ves más chica de lo que eres. Siempre que los hombres quieren halagarme con parecer más joven ignoro el comentario, envejecer es una virtud que no cualquiera tiene el placer de saborear. En general no...
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  no sé patinar tampoco nadar no sé andar en bici como propiamente andan los que saben no sé cocinar el hambre de medianoche sólo encuentra cosas pasadas pensándolo un poco tampoco sé amar bien o marcar un número de teléfono las sumas y las multiplicaciones me salen mal tengo más aciertos con las restas y las divisiones hay quienes mueren cada día yo suelo hacerlo los miércoles no como carne y no es por ideología no sé qué vino va con qué comida ni el efecto que tiene cuando digo una que otra verdad y pensándolo bien un poco mejor puedo hacer dibujos en el aire imaginar que él llegará en un libro blanco para escribir juntos sé mirar por las ventanas al aire he visto murmurar a los gatos pasear al filo de la noche sé lo que puedo leer y cómo hacerme mal sé cómo no alimentarme y atraer el insomnio me queda una duda no sé si me gustan más los espejos porque no me reconozco porque hay huellas visibles sin reflejo porque veo diferente creo que tampoco me gusta viajar voy y vuelvo al mis...
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  las cinco de la tarde como la hora de la cigarra no es hora del té  o del café de cantar o morir las cinco de la tarde cuando se sostiene el silencio silencio pesado porque no son las seis ni las cuatro son las cinco de la tarde si no hay escucha hay una pausa se detienen los latidos los escozores de las uñas los escozores de las uñas abren las ventanas cierran las escuchas pasan las esperanzas  las ilusiones y las casas que no existen las cosas hablan se desfiguran se vuelan puertas porque a las cinco de la tarde el mar se esconde los sueños se queman no hay lugar para el amor las sombras pesan de color y son las despedidas se piensa en la ausencia en no regresar se esparce la nada los gatos duermen espera espera espera llegará el sol porque son las cinco  pero allá no y en cada cinco me voy haciendo vieja las cinco de la tarde el escozor de las uñas las ventanas cerradas las cinco de la tarde también envejecen  cada cana una manecilla del reloj    ...

La panga.

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  Amalia ya no tenía edad para volver a ser madre. Su cuerpo y su alma habían envejecido con celeridad desde que su padre había decidido entregarla en matrimonio con el administrador de la tienda de raya, cuando ella apenas tenía catorce años. Desde entonces, cada noche que dormía junto a su esposo deseaba, con furia silenciosa y asfixiante, la muerte de su padre. Amalia estaba convencida de que, por este deseo, Dios -o quizá Satanás- la había maldecido. En sus primeros dos embarazos había abortado; tras los abortos, venían las golpizas del hombre que la llamaba inservible. Cuando por fin nació su primera hija llegó junto con ella una calma dolorosa: vinieron cuatro niñas más, pero nunca un varón que el viejo rencoroso creía que le debía el destino. Pero la maldición apenas comenzaba: su primera hija murió por la picadura de un alacrán, la segunda, en un deslave del cerro; la tercera al golpearse la cabeza tras caer de un caballo y la cuarta asfixiada al tragarse un hueso de dur...