Dos citas Tinder

 



I


Se llamaba Tito, al menos eso decía en su perfil. Esbelto, tez clara, tatuajes, alrededor de cuarenta años. Corrioso. Tenía un aire a Edward Norton en Historia Americana

Nos quedamos de ver en un bar conocido por su ambiente guapachoso. Llegué puntual; él, tarde. Le escribí: “Aunque no vengas, yo ligo porque ligo”. Y me puse a socializar con un grupo de desconocidos animosos. Estaba bailando con unos de ellos cuando llega. “Espérame tantito”, le pedí para poder intercambiar número con Gerardo, a quien jamás volví a ver. 

Tomamos algunas cervezas, ni idea de lo que platicamos, de lo típico, supongo. Eso sí, lo regañé por la tardanza. Al parecer el tipo había tenido una cita antes. No me importó.

Nos besamos, después nos fuimos a mi casa. Del mejor sexo que recuerdo. Te ves más chica de lo que eres. Siempre que los hombres quieren halagarme con parecer más joven ignoro el comentario, envejecer es una virtud que no cualquiera tiene el placer de saborear. En general no me interesan sus comentarios, aunque sean agradables, además no los volveré a ver. 

Me recuerdo en mi habitación hincada frente a él mientras siento cómo lo mete en mi boca hasta la coronilla, la baba escurriendo, los ojos exprimidos. Después tumbada en la cama, su lengua empapando mi vulva y un poco más allá. Tal vez sucedieron más posturas, no lo recuerdo. Eso sí, al final, él arriba, embistiendo, yo gritando de ese gozo paralizante, que aturde como estadillo galáctico y te lleva al fondo del universo. Y justo ahí, en esa oscuridad titilante, veo venir de la profundidad a un rayo punzante cruzando mi cuerpo con placer, pero también con pánico. Una alarma de emergencia cimbra, sigo sudando, pero ahora también de miedo. En mi mente, un incendio.

¿Cómo sobrevivir a las crisis de pánico? ¿Cómo detener la erupción de un volcán que es doblemente potente? Es tan parecido el espanto al éxtasis, a veces son una sola cosa, como en esta precisa ocasión. Y empieza el jadeo, la lucha de dos realidades latentes interponiéndose a la otra. El cerebro está especializado para sobrevivir, no para la felicidad, es altamente prevenido, busca los detalles sospechosos, los maximiza, crea monstruos donde había seguridad. 

Orgasmo y terror, dos espejos de frente. El cuerpo, sí, el cuerpo, sobrepiensa, decide qué camino tomar. La necesidad de un lugar seguro es urgente, así que, con esfuerzo, decido parar el acto sexual. 

Tito entra al baño de mi habitación. Yo mando mensajes de ayuda a una amigo, estoy en peligro. Me marca al teléfono, yo hablo como si nada pasara para no levantar sospechas a Tito, para que siga creyendo que no me doy cuenta de que me quiere secuestrar, entregarme al crimen organizado, a una red de trata, me visualizo muriendo después de ser esclavizada. Cuelgo. Ya no quiero estar ahí, debo huir. Salgo de mi cuarto cerrando la puerta tras de mí. Qué alivio, la llave está por fuera. Para mayor seguridad, cierro con llave. Bajo a la cochera, me encierro en mi carro para irme, que se quede solo el maleante. 

En seguida, lo pienso dos veces. Vuelvo a subir, desde afuera de mi habitación, le digo que estoy paniqueada. “¿Pero por qué me encierras?”, pregunta Tito. No respondo y vuelvo al espacio seguro de mi auto. Mas no tan seguro, es muy probable que Tito haya mandado ubicación y pedido refuerzos, a la vuelta de la esquina puede aguardar una camioneta con vidrios polarizados lleno de hombres armados.

En eso Tito sale al balcón de mi habitación que da a la cochera, desde ahí puede verme sentada en mi auto, me hace señas preguntando qué ocurre, me manda mensajes al celular, está sacado de onda, se le cruza en la cabeza que ha sido secuestrado. Me empiezo a poner más nerviosa cuando lo veo escribiendo en el celular. Sin saber qué hacer, empiezo a pitar, el vecindario debe salvarme. El delincuente decide escapar; como suele suceder, tiene habilidades gatunas. Baja del balcón ágilmente. ¿Cómo lo hizo? La altura no fue un problema para él, debe ser un experto del crimen. Al parecer se lastima la mano, tiene una raya roja en la palma. Cuando cruza la cochera para salir a la calle, me voltea a ver girando el dedo en la cabeza como diciendo “pinche vieja loca”, pero en mi paniqueada mi cuerpo lo interpreta como un “te voy a matar”. Así que, aunque se haya ido, la sensación de alerta máxima tardará días en irse, o más. Lo peor es cuando más alertas se van gestando y, de pronto, me encuentro viviendo una zona de guerra donde en cualquier momento pisaré una granada, caerá una bala perdida en mi cerebro o el techo se derrumbe en un bombardeo. Lo bueno es que al fin estoy sola, aunque los cómplices pueden seguir estando a la vuelta de la esquina. Después de un rato llega mi amigo a acompañarme, el mismo al que pedí ayuda.

A estas alturas, me divierte imaginar cuando Tito cuenta su cita a ciegas más traumática. 

Epílogo: aún me stalkea. 


II


No recuerdo su nombre, pongámosle Maggie. Era de Lázaro Cárdenas, vivía con su hermana en una casa al sur de la ciudad. Un par de años más chica que yo. También llegó tarde donde nos quedamos de ver, un bar con decoración tropical y reggae de fondo, luego nos pasamos a otro cercano. Ahí me besó, después nos fuimos juntas en mi auto.

Su casa era grande, de dos pisos, cuando entramos había montañas de ropa por todos lados, incluso encima de las mesas. Era increíble el desorden. Ahora pienso si no tenían ella y su hermana algún tipo de negocio de paca, era tanta la ropa que era imposible que cupiera en los armarios. Pasé de largo, sin juzgar. Dejé mi chaqueta en su sillón, asegurándome de que las llaves del carro y mi cartera estuvieran en una bolsa oculta “por cualquier cosa”. La cocina también era un desastre, lo bueno es que no olía mal, y cruzamos hasta el patio de servicio. Nos sentamos junto a la lavadora y ella armó un porro, puso música, fumamos. 

Después de un rato Maggie se para frente a mí y comienza a bailar. Admiro a la gente con habilidad para agacharse y de inmediato erguirse de nuevo, capacidades inalcanzables para este cuerpo de piernas débiles. Cada quien tiene su ritual, pensé, ella conocía el suyo y me gustó que llevara la batuta, pues por lo general soy yo quien la toma. 

Cuando he estado con otras mujeres ellas han sido las que me han ligado, yo no sé hacerlo, ni siquiera se me ocurre abordarlas. En esos casos, para mí ha sido dejarme llevar, soltar el cuerpo, disfrutar lo que me hagan. A mí la marihuana me relaja, pero a Maggie le dio energía para seguir bailando. La tenía muy cerca, así que la toqué sin preguntar. Ella subía y bajaba, subía y bajaba, por lo tanto, mi caricia subía y bajaba también. Fui quitando algunas prendas y, cuando quise desabrochar su brasier, paró, me dijo “espera” y me dirigió a su habitación en el segundo piso. Su hermana estaba en el cuarto contiguo.

Nos desnudamos. Ella tenía cabello largo, yo trataba de quitarlo pues me picaba la cara, cuando me di cuenta ya se había hecho un chongo. Se acercó a mis genitales y con la punta de su lengua lamió con suma delicadeza el glande de mi clítoris. El placer fue inesperado e intenso. Luego giró, puso su vulva frente a mi cara y la besé. No me gustan los sesenta y nueve porque no me concentro en dar ni en recibir. Por alguna razón terminamos en el otro extremo de la cama. Ella se subió sobre mí, yo abrí la mano derecha para alcanzar a rozar sus dos pezones: mi pulgar en su pezón derecho, mi meñique en el izquierdo. Me vine yo primero, mis quejidos se hicieron más fuertes y Maggie se acercó para pedirme bajar el volumen: “mi hermana está al otro lado”. Lo intenté, pero cuando ella terminó olvidó por completo a su hermana. 

Las señales de alarma parasitando mi cuerpo siempre estuvieron ahí, en menor o mayor grado, aunque intentaba apaciguarlas concentrándome en el presente. Con una mujer la posibilidad de ser agredida era menor, pero existía. A pesar de no tener evidencia de que Maggie tuviera un plan malévolo conmigo, mi alta capacidad de supervivencia me hizo creer que sí. Pensé: “¿Y si las hermanas se dedican a asaltar mujeres que conocen por Tinder? Debí haber subido mi chaqueta conmigo, ¿para qué descuidarla? Es probable, incluso, que ya hayan vaciado mi tarjeta de banco, fue un error cargarla, siempre la dejo en casa y precisamente hoy que veía a una desconocida olvidé hacerlo… pero el robo es lo de menos, tal vez me entreguen al narco”. 

Después de un largo debate interno entre convencerme, por un lado, de que todo estaba bien y, por otro, el de la posibilidad de que estaba en peligro inminente, terminé decidiendo lo segundo. Me levanté, me vestí rápido, dije que tenía que irme. Ella se puso una bata blanca. Bajamos, fui por mi chaqueta y no encontré las llaves del carro. “De seguro su hermana las tomó”, pensé con miedo. La cartera ahí estaba, también la tarjeta del banco, aunque era probable que ya estuviera en ceros, yo lo único que quería era huir.

Nos pusimos a buscar las llaves por todas partes, Maggie subió a su habitación para ver si ahí estaban. En este punto ya estaba paniqueada. Yo me quedé en la sala, el exceso de ropa dificultó mi cometido. Al no encontrarlas, comencé a buscar en las bolsas de cada prenda. Trataba de juntar la ropa ya revisada en una montaña, pero, de pronto, entre el ajetreo olvidaba cuál de todas las montañas de ropa era la ya descartada, así que empezaba de nuevo. La proeza fue infinita, sentí caer en un espiral de tela hacia un túnel profundo de tragedia y muerte. Cuando me di cuenta, me vi imposibilitada de salir. Me habían atrapado. Esas dos hermanas finalmente me habían atrapado. 

Miré de nuevo, mi chaqueta seguía conmigo. Por enésima vez metí la mano en la bolsa interna, ahí estaban las llaves, aunque nada me aseguraba que mi auto seguía estacionado afuera. Me dispuse a salir de esa casa de locura de una vez por todas. Volteé hacia arriba, Maggie estaba asomada en la boca del túnel, gritaba, pero estaba tan lejos que no pude escucharla. Me extendía sus brazos como si quisiera rescatarme del hundimiento. Mi respiración agitada terminó en ahogo. El derrumbe de ropa me sepultó enseguida.



-Yuri Bautista







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