Nadie soporta a la abuela. Con el paso del tiempo la han dejado sola sus hijos, sus hermanos, las amigas con las que solía jugar póker y, por supuesto, el abuelo que murió hace diez u once años. Nadie soporta la manera en que come: es insaciable, como si hubiera decidido dedicar sus últimos años de vida a devorar el mundo. Hay algo grotesco y exasperante en verla comer; esa pequeña boca sin dientes apenas está terminando el último bocado cuando ya está reclamando algo más. No sé en qué momento tomé la decisión de visitarla para llevarle víveres. Estoy en los últimos semestres de la universidad y no tengo mucho tiempo para atenderla. Pero es la lástima -más que el amor- la que me hac e estar religiosamente, cada domingo, en ese departamento que huele a humedad, a podrido y a ese peculiar olor de anciana: entre dulzura y dolor. Entro al departamento en silencio. No tengo tiempo para charlar con ella pero la abuela -que nunca recibe visitas- de inmediato se da cuenta que he llegado ...
Primero pensé en (d)escribir cómo amaba los platillos de mi abuela. Su sabor, textura, temperatura perfectas. Y también pensé que en las cocinas es donde transcurre más de la mitad de nuestras vidas. Las mesas de las cocinas, los azulejos, las cazuelas un poco quemadas, algún peltre descarapelado, el tintineo de los tenedores al danzar sobre las lozas, son testigos de las batallas diarias. Porque, ¿acaso no es en las cocinas en donde muchas mujeres sostienen los sueños de otr@s? Entonces recordé a mi abuela. En un rincón de la cocina, sosteniendo exigencias. Enfundada en sus vestidos floreados. No flores alegres, ni rojas ni amarillas. Flores de pétalos café. La tela de sus vestidos caía triste sobre sus pantorrillas también tristes y cansadas. - ¿Por qué no le contestas algo, abue? - Así es él, es su carácter. Y continuaba su tarea. No entendía esa dinámica. En mí chocaba esa contradicción: la tristeza de sus manos versus...
Todas contamos historias similares, al despertar de una siesta en nuestro sillón de comando, vimos una esfera blanca brillante. Parecía una pequeña estrella mirándonos. Era de un palmo de diámetro flotando frente a la cabina de nuestra cápsula espacial. Las que nos dedicamos a la recolección de datos somos flechas solitarias, recorremos grandes extensiones recabando información la cual almacenamos y damos orden, luego la soltamos para que otras, en una ínfima posibilidad de encontrarla, la tomen y hagan suya. Eventualmente nos encontramos con fenómenos extraordinarios. Pasé un largo tiempo contemplando la esfera, fue como observar un ojo blanco y profundo. Hice un escaneo para detectar su composición. Era metálica con grabados geométricos desde donde irradiaba potente luz. Dentro de ella contenía una sola cosa: agua. Luego desapareció. Hice algunas anotaciones generales en la bitácora de viaje y no le di importancia. Más tarde, en nuestras juntas fónicas, todas coincidimos que nos...
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