Primero pensé en (d)escribir cómo amaba los platillos de mi abuela. Su sabor, textura, temperatura perfectas. Y también pensé que en las cocinas es donde transcurre más de la mitad de nuestras vidas. Las mesas de las cocinas, los azulejos, las cazuelas un poco quemadas, algún peltre descarapelado, el tintineo de los tenedores al danzar sobre las lozas, son testigos de las batallas diarias. Porque, ¿acaso no es en las cocinas en donde muchas mujeres sostienen los sueños de otr@s? Entonces recordé a mi abuela. En un rincón de la cocina, sosteniendo exigencias. Enfundada en sus vestidos floreados. No flores alegres, ni rojas ni amarillas. Flores de pétalos café. La tela de sus vestidos caía triste sobre sus pantorrillas también tristes y cansadas. - ¿Por qué no le contestas algo, abue? - Así es él, es su carácter. Y continuaba su tarea. No entendía esa dinámica. En mí chocaba esa contradicción: la tristeza de sus manos versus...
La adoptó cuando era apenas una cachorrita. La adoptó para salvarle la vida —o tal vez fue al revés—. Había sido abandonada y maltratada en la calle; la cúspide de ese maltrato ocurrió cuando, en medio de un juego macabro, unos hombres de rostros difusos le arrojaron gasolina y jugaban a lanzarle cerillos encendidos. Un misil de fuego cayó sobre el lomo de Greta —que en ese entonces aún no tenía nombre— y le incendió medio cuerpo. Mamá corrió despavorida por la calle y, con el chal que llevaba, apagó las llamas. La abrazó con delicadeza y, mientras el llanto de la perra resonaba constante, la llevó al veterinario para que curaran sus heridas. Cuando Greta se convirtió oficialmente en su compañera, su cuerpo ya estaba sanado pero las cicatrices permanecieron: las quemaduras habían dejado su piel expuesta en parte de la cabeza y del lomo, sin el pelo negro que cubría el resto del cuerpo. Su mirada era una mezcla de temor y enojo; no permitía que nadie se acercara —a excepción de ma...
Todas contamos historias similares, al despertar de una siesta en nuestro sillón de comando, vimos una esfera blanca brillante. Parecía una pequeña estrella mirándonos. Era de un palmo de diámetro flotando frente a la cabina de nuestra cápsula espacial. Las que nos dedicamos a la recolección de datos somos flechas solitarias, recorremos grandes extensiones recabando información la cual almacenamos y damos orden, luego la soltamos para que otras, en una ínfima posibilidad de encontrarla, la tomen y hagan suya. Eventualmente nos encontramos con fenómenos extraordinarios. Pasé un largo tiempo contemplando la esfera, fue como observar un ojo blanco y profundo. Hice un escaneo para detectar su composición. Era metálica con grabados geométricos desde donde irradiaba potente luz. Dentro de ella contenía una sola cosa: agua. Luego desapareció. Hice algunas anotaciones generales en la bitácora de viaje y no le di importancia. Más tarde, en nuestras juntas fónicas, todas coincidimos que nos...
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