Desierto

 




Mi abuelo paterno fue trailero, así que siempre me contaba historias de sus viajes, experiencias propias o de sus compañeros también traileros. Él creía que el cansancio, el exceso de coca-cola con aspirinas y tabaco provocaba cierta alteración en el sistema nervioso que hacía ver o sentir cosas, pero era para no quedarse dormido por las largas horas de viaje.  

Sí, me contó haber visto a una mujer de blanco parada a la orilla de la carretera sin que sus pies tocaran el pavimento. También escuchó a niños llorar y risas como si estuvieran jugando. Vio a un hombre con un sombrero grande sin rostro. Pero todas esas historias no me ocasionaban reacción salvo el significado de hacer sonar la corneta de aire.

Mi abuelo contaba que, para anunciar un peligro, hacían sonar la corneta con la creencia de que el eco que dejaba a través de la velocidad se convertía en un mensaje para los compañeros. También hacían eso cada que pasaban por la tumba de alguna niña o niño fallecido en los caminos como una forma de homenaje. Pero de alguna manera era eso, anunciar, presagiar, saludar a la muerte. Por eso cada que escuchaba un tráiler, el corazón se iba a mil, me sudaban las manos, apretaba los ojos rogando volver a ver a mi abuelo.  

Cuando mi abuelo murió, sus compañeros hicieron un desfile de tráileres con globos blancos, música de banda y mucha cerveza. Ese día fue el último que escuché el sonar de las bocinas traileras o quizá guardé esa información en alguna parte de mí. Me habían criado mis abuelos, mis padres eran muy jóvenes cuando me tuvieron, de vez en cuando veía a mi padre y de mi madre sé que vive en el otro lado. Mi deseo de estudiar idiomas me llevó lejos de mi lugar de origen y, cuando mi abuela murió, nunca volví.  

Estudié en una ciudad cerca de la capital, pero encontré trabajo en una secundaria en otra ciudad más pequeñita, colorida, de eso que ahora llaman pueblo mágico. Vivía en una casa chiquita, rodeada de un jardín. Conmigo vivía Maruja, una gatita que encontré una noche en la calle, y Estrellita, una pajarita australiana herencia de una amiga que tuvo que emigrar.  

De ocho de la mañana a dos de la tarde era mi horario laboral. Por las tardes daba algunas asesorías y clases particulares. En mis horas libres, me gustaba cocinar, hablarles a mis plantitas, platicar y jugar con Maruja, hacernos cariños, también enseñarle todos los días que Estrellita es su hermanita y no debía saltar a su jaula para asustarla.  

 

Un día de abril, regresé a casa con un dolor tremendo en todo el cuerpo. Cancelé compromisos, me bañé y preparé té de menta. No pude dormir. Al otro día, lo mismo. En la farmacia del centro, me dijeron que era estrés, me dieron vitamina B y un Ibuprofeno cada seis horas. El dolor se controló, pero pronto mis extremidades no respondían con fuerza ni agilidad.

Pedí vacaciones, me propuse descansar, relajarme (aunque mi vida era muy tranquila), tampoco tenía relaciones amorosas ni de amistad que requirieran mi energía. Poco a poco fui perdiendo movilidad y dinero. Una vecina me ayudaba de vez en cuando llevándome una gelatina y alpiste para Estrellita. 

Sentía como si me estuviera transformando en otra cosa, dejé de verme al espejo, mis dedos se iban desfigurando con un dolor inconmensurable. 

Habían pasado tres meses y ya no regresé a trabajar. Los ahorros estaban casi en números rojos. No tenía nada más que mi dolor.

El rentero al saber mi situación me pidió buscar ayuda, no por un asunto de preocupación, sino para no dejar de pagarle. Llegamos al acuerdo de esperar un par de meses más. Pero mi cuerpo ya no me pertenecía, ahora le pertenecía al dolor y a la transfiguración.

Como podrán imaginar, los dos meses pasaron y yo sin poder hacer mucho. Los médicos decían “no tiene nada”, “sus estudios salen bien”, “eso que tiene está en su cabeza”. Y, aunque me recetaron medicamento para el estrés, aquello iba a alta velocidad. El seguro de mi trabajo apenas cubría algunas cosas, ya saben, los seguros que sólo cubren lo que quieren. El rentero cada vez se enfurecía más, me insultaba y amenazaba con llamar a la policía para realizar el desalojo.  

 A mediados de la época invernal, el frío era como si martillaran mil clavos al mismo tiempo en cada parte de mi cuerpo. Tenía fiebre, temblores, la vista nublada. Llamé a mi vecina y junto con su hijo me llevaron al hospital. Ahí dijeron que, debido a un diagnóstico idiopático, no podían hacer más que administrar algo de suero y medicamento para controlar la fiebre y el dolor.  Me “dieron chance” de pasar la noche ahí.  

 

Al siguiente día, cuando regresé a mi casita, lo que vi me dejó en shock. Todo estaba en la banqueta, mi ropa, mis libros, los pocos utensilios de la cocina. Apresuré mi vista buscando a Maruja, la vi encima de una caja, asustada. El siguiente impacto fue ver la jaula de Estrellita abierta y vacía, no pude buscarla a detalle, pero alrededor ni rastros. Tomé a Maruja, la envolví en un trapo que encontré al paso y salí a buscar un taxi.  

 Nos subimos y le pedí que me llevara a Los Encinos, la localidad más cercana tomando la carretera. Siempre tuve presente una casita de color rosa con una cruz sobresaliente del techo y la maleza. La ubiqué. 


—Aquí me bajo —, le di un beso a Maruja, la coloqué segura en el asiento trasero.  


Esperé a que se alejara. Como pude, siguiendo la ubicación de la casita, me paré en medio del carril. 

Alguien al echar a andar el sonido de la bocina vendría por mí.  




                                                                                                                   *Imagen tomada de la red.

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