"El artefacto"

Todas contamos historias similares, al despertar de una siesta en nuestro sillón de comando, vimos una esfera blanca brillante. Parecía una pequeña estrella mirándonos. Era de un palmo de diámetro flotando frente a la cabina de nuestra cápsula espacial. Las que nos dedicamos a la recolección de datos somos flechas solitarias, recorremos grandes extensiones recabando información la cual almacenamos y damos orden, luego la soltamos para que otras, en una ínfima posibilidad de encontrarla, la tomen y hagan suya. Eventualmente nos encontramos con fenómenos extraordinarios. 

Pasé un largo tiempo contemplando la esfera, fue como observar un ojo blanco y profundo. Hice un escaneo para detectar su composición. Era metálica con grabados geométricos desde donde irradiaba potente luz. Dentro de ella contenía una sola cosa: agua. Luego desapareció. Hice algunas anotaciones generales en la bitácora de viaje y no le di importancia. Más tarde, en nuestras juntas fónicas, todas coincidimos que nos había pasado exactamente lo mismo.

¿Cómo sobrevivir al encierro de la nave, a la soledad, a la desesperación? ¿Cómo no fundirse con el entorno? ¿Volando cada vez más lejos? Hay algo en las distancias transitadas que engrandece. Me digo: Soy un planeta. Lo pienso dos veces: No, soy una galaxia. Si soy una galaxia, ¿por qué debería tener miedo? Nadie más que nosotras, botellas lanzadas al espacio, ha contemplado las fronteras del universo porque, con cada nueva ruta a lo desconocido, lo extendemos, lo dotamos de majestuosidad. ¿Por qué deberíamos tener miedo si somos la causa de la magnitud del espacio y la existencia? Nuestro espacio vital es de doce metros cúbicos; lo que nuestra mente crea no tiene límites. 

A veces tengo pesadillas donde algo más inmenso que el entendimiento yergue y me deja disminuida. Otras veces las pesadillas se encienden en la vigilia, entonces golpeo con los puños el cascarón de la cápsula, que es mi mundo, mi casa encantada, mi celda. Gritar con furia no siempre funciona para someter a la bestia que vive dentro de mí, pero evita que sucumba. El miedo no me impide llegar más lejos. 

Entre nosotras no nos conocemos cuerpo a cuerpo, ni siquiera el rostro, pero sí nuestra voz, nuestro nombre. Cada una vuela hacia destinos diferentes, a pesar de la increíble distancia que nos separa, permanecemos en constante comunicación. Cuando una de nosotras muere, su cápsula se convierte en crematorio, entonces las demás oramos en un solo murmullo. A pesar de saber que ellas están ahí para escucharme a la lejanía, sé que estoy sola, corremos demasiados riesgos en este oficio. En el espacio es posible lo inaudito y la muerte nos alcanza muy temprano. Sufrimos las inclemencias del entorno, fallas mecánicas en nuestra cápsula y el deterioro de nuestra salud. Hay que lidiar con la locura, por eso es tan importante hablar con las otras, porque es el lazo que nos ayuda a sobrevivir. ¿Por qué a pesar de los riesgos lo hacemos? Porque la pasión por este oficio es más grande que cualquier otra cosa.

Luego ocurrió lo inesperado, de alguna forma incomprensible la esfera entró a la cápsula. La vi suspendida por debajo del techo, parecía un foco. Su luz me embriagó y eso fue suficiente para caer rendida y flotar. Como si me aventara un hechizo, cerré los ojos. Su brillo se volvió líquido y me humedecí. Gotas luminosas rodearon mi oscuridad, pronto atravesaron mi piel, se arremolinaron en mis sumideros, penetraron hasta el fondo de mi mente y hasta el centro de mi cuerpo, donde mi clítoris palpitó con un deseo nunca antes experimentado. La incandescencia fue corriente en la cual me zambullí. Mi carne se hinchó. Un burbujeo comenzó a agitarse entre mis piernas. Canales se deslizaron por mis ingles. Fui fuente, después cascada, luego mar. 

Cuando abrí los ojos me encontraba en otro universo, uno nuevo, intacto, vacuo. Entendí que la estrella metálica era un artefacto de teletransportación a un cosmos apenas naciente. Reconocí sus voces al instante, no estaba solo yo ahí, estaban todas mis compañeras flotando en la negrura. Supimos que las esferas se habían creado con este propósito, el de teletransportarnos, pero también el de lograr nuestro encuentro.

¿Los artefactos habrían sido enviados del pasado —o del futuro— por otras mujeres iguales a nosotras? 

Fue entonces que la vi, sé bien que la vi porque todas lo hicimos: una semilla de agua suspendida en el vacío. Sin saber por qué comenzamos a girar alrededor de ella, protegiéndola, avivando su llama líquida con el estímulo del movimiento placentero de nuestra cadera, logrando germinarla. Caímos en un bucle, riendo como niñas escurriéndose en un tobogán. Fuimos un firmamento de pelvis remando en la corriente, en una danza espacial que concluyó con un estallido orgásmico, creando un universo oceánico y luminoso para nosotras.


-Yuri Bautista




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