SEPTIEMble
Es complicado pensar en todo lo que me causa llegar a septiembre. Es intrigante como la vida del país en el que habitas - y del que, en mi caso, eres ciudadana- se entreteje con tu vida personal.
Este es mi tercer intento de inicio, espero que sea el bueno.
Mi abuelo paterno nació el 15 de septiembre. Antes de irnos a vivir a Morelia no recuerdo haber pasado ningún “grito” con él. Después de Morelia mi papá intentó ir cada año, no siempre íbamos el quince, a veces días antes, otras un día después. Para ese entonces mi abuelo se había mudado del D.F. a Tepotzotlan, vivía en la casa de una de mis tías, junto a una laguna. Para festejarlo nosotros llevábamos todo: el pastel, lo que fuéramos a comer, las tortillas, el refresco, todo. Me gustaba viajar al D.F., incluso me gustaba el viajecito a la casa de mis tías, pero no me gustaba estar ahí. No sé por qué mis tías paternas siempre fueron pasiva-agresivamente hostiles con mi mamá. Una vez mi papá acababa de comprar un auto que nos gustó mucho, no era nuevo pero suponía que estaba en buen estado, pues no. En plena carretera comenzó a fallar, y el viaje de cuatro horas de Morelia a Ciudad de México se convirtió en uno de diez. Esa vez viajámos antes del día del grito. Recuerdo que una vez llegando al D.F. el carro se comportó como si nunca se hubiera descompuesto pero aun así lo llevamos con un mecánico conocido de mi papá que vivía hasta Iztapalapa. Desde Tlalnepantla, donde vivía mi abuelita, cruzamos en el auto mañosamente descompuesto hasta la colonia Escuadrón 201, se suponía que nos los iban a entregar ya listo el mero quince, así que fuimos por él pero todavía no estaba, entonces justo a la hora del grito, con toda la ciudad vuelta loca y los bares y cantinas a reventar tomamos el metro Garibaldi para poder regresar a la casa de mi abuela. Creo que mi papá estaba estresado y desanimado por el carro, para mí fue una aventura, el ambiente festivo, los grupos de gente enfiestada, la noche húmeda y el metro casi vacío. Nunca, en ese entonces, había sentido miedo en la Ciudad de México.
Algunos años después de la muerte de mi abuelo, en el mero bicentenario de la independencia, nació la primera nieta de mi papá, como si la vida hubiera querido consolarlo. Viajé de Puebla a Morelia para conocerla, en el cuarto del hospital me tocó junto con toda mi familia ver el grito del bicentenario de Calderón. Cómo odiaba a Calderón en ese momento, no, la verdad es que todavía lo odio. Dos años antes, junto a la mamá de mi sobrina, Lucy, estuvimos en el grito de Morelia cuando soltaron los granadazos. Creo que en esa noche se me rompió la imagen idílica de mi país. Morelia siempre había sido mi lugar seguro, en sus calles viví tantas cosas de mi niñez y juventud que siempre pensé que en ellas estaba a salvo. Después de los granadazos, lo único que quise fue huir de ella. Me casé y me vine a vivir a Puebla, no he vuelto a ir a un grito, y creo que ya no siento a ningún lugar del mundo como seguro.
El siguiente septiembre al nacimiento de mi sobrina, yo estaba a punto de parir. El veintiuno en la noche, mis dos padres, mi suegra y yo festejábamos el cumpleaños de mi esposo, cenamos tacos árabes y justo en la partida de pastel el dolor de las contracciones se agudizó y tuvimos que ir rápido al hospital. Todos pensamos que mi hija y mi esposo compartirían cumpleaños pero, como ahora sé que le gusta, mi hija se tomó su tiempo, nació hasta las 8 de la mañana del día siguiente. Se tardaron mucho en llevarmela y cuando por fin la pusieron en mi regazo vi sus ojitos y pensé “se parecen a los de una persona con síndrome down”, pero entre la felicidad y el pensar que era imposible que eso me pasara a mí, lo dejé pasar. Dos semanas después un pediatra me tiró de la nube de la negación. Nos dijo que él veía algunos rasgos de trisomía veintiuno en mi hija y que convendría realizarle un cariotipo. Ese mismo día fuimos con un genetista y al solo verla confirmó lo que antes nos dijo el pediatra, de todos modos le hicimos la prueba genética. Al siguiente día mi hija tuvo su primera sesión de terapia de toda la vida. Cada día después de ese día, durante ese año, fue como vivir en penumbras. Ese diagnóstico nos cambió la vida, esa que una se imagina cuando sueña con el futuro de su hija, esa que una cree que puede construir basada en la ilusión. Mi hija, su diagnóstico, fue para mí un terremoto constante.
A mi país le gusta temblar en septiembre, creo que a mi vida también
El diecinueve de septiembre del 2017 más o menos a medio día estaba sola en mi casa. Mi esposo estaba en el trabajo y mi hija en la escuela. De pronto toda mi casa comenzó a crujir, los vidrios sonaban como si se fueran a reventar. Mi casa comenzó a saltar y mecerse al mismo tiempo. Veía las figuras y libros rebotar. Al sentir la potencia del temblor en lugar de salirme de mi casa me quedé fascinada esperando que el piso se abriera y me tragara. Después del nacimiento de mi hija, del imprescindible duelo por su diagnóstico, aun me quedaban más duelos por vivir. Pensar en eso ahora, con la claridad que regala el tiempo, me hace sorprenderme de haber podido sobrevivir a la nube gris que casi asfixió mi vida. En el 2016 tuve mi segundo aborto espontáneo. Me costó mucho “superarlo” porque para mí fue un embarazo muy deseado. De verdad anhelaba volver a oler ese aroma único de bebé recién nacido, anhelaba un hermano para mi hija, un niño con quién volver a sentir ese rush de amor. Perderlo fue muy dramático porque nomás de repente comencé a sangrar, lenta pero ininterrumpidamente, cuando llegué al hospital mi pantalón era una falda río de sangre. Cuando más de un año después sentí el poder del temblor lo único que quería era morirme, que me tragara, que me sepultara, que toda esa tristeza acumulada fuera cubierta como si nunca hubiera existido.
Afortunadamente no fue así. Sobreviví ese septiembre y varios más hasta hoy. Hace dos días pasé el grito con mi pequeña familia. En Morelia mi hermano y mis padres festejaron los quince de mi sobrina, mi cuñada me mando las fotos de su niña hermosa y feliz, yo las recibí con mi hermosa y feliz niña que casi cumple catorce. Si me acompañaste hasta el final de este larguísimo escrito, te mando un abrazo, a veces parece que la vida va a destruirnos, que el duelo por tanta tragedia no tendrá fin, no te rindas, hasta los peores terremotos terminan, aun sobre los escombros aprendemos a bailar, de las ruinas tomamos el material para volvernos a construir.

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