Cuando mamá y Greta jugaron a las escondidas.

 


La adoptó cuando era apenas una cachorrita. La adoptó para salvarle la vida —o tal vez fue al revés—. Había sido abandonada y maltratada en la calle; la cúspide de ese maltrato ocurrió cuando, en medio de un juego macabro, unos hombres de rostros difusos le arrojaron gasolina y jugaban a lanzarle cerillos encendidos.

Un misil de fuego cayó sobre el lomo de Greta —que en ese entonces aún no tenía nombre— y le incendió medio cuerpo. Mamá corrió despavorida por la calle y, con el chal que llevaba, apagó las llamas. La abrazó con delicadeza y, mientras el llanto de la perra resonaba constante, la llevó al veterinario para que curaran sus heridas.

Cuando Greta se convirtió oficialmente en su compañera, su cuerpo ya estaba sanado pero las cicatrices permanecieron: las quemaduras habían dejado su piel expuesta en parte de la cabeza y del lomo, sin el pelo negro que cubría el resto del cuerpo. Su mirada era una mezcla de temor y enojo; no permitía que nadie se acercara —a excepción de mamá, por supuesto—.

Siempre que las visitaba le llevaba comida, juguetes y unos huesos para que los mordiera, tratando de ganarme su confianza. Pero cada vez que intentaba acariciarla, ella se agazapaba, comenzaba a gruñir y su pelo se erizaba.  Estoy segura de que esa perra me odiaba. Odiaba a todo el mundo, y todo el mundo la detestabamos. Aun así, me reservaba cualquier mal comentario sobre Greta, porque se había convertido en el amor animal de mamá. Parecía consagrada a acompañarla y cuidarla, como si esa fuera su única misión.

Compartieron durante mucho tiempo una rutina: cada mañana desayunaban juntas; medio platillo de una terminaba en el hocico de la otra; luego salían a caminar por media hora. Por las tardes ella se sentaba en la sala a ver un canal de peliculas mexicanas en blanco y negro mientras la perra se echaba a sus pies para descansar. Fueron años en que Greta acompañaba cada paso de mamá, a donde quiera que fuera.

Pero llegó el invierno, y con él, la enfermedad de mamá. Los médicos revisaron cada centímetro de su cuerpo y no encontraron nada, salvo una profunda tristeza que estaba consumiendo toda su energía. Ya no podía salir ni siquiera de la cama, así que decidí mudarme con ellas por un tiempo.

Todas las noches, Greta y yo velábamos su sueño; la luz tenue y cálida de una pequeña lámpara nos acompañaba hasta el amanecer. Una de esas noches, por primera vez en años, Greta posó la cabeza sobre mis piernas para que la acariciara. Su mirada, llena de ternura, parecía agradecerme que las acompañara, mientras yo notaba como su rostro se llenaba, poco a poco, de pelitos blancos. 

Mamá pasó varios meses en el mismo estado: no empeoraba, pero tampoco mejoraba. Parecía vivir en un limbo en el que su salud estaba estancada. Pero los médicos llamaban a eso, con optimismo, estar “estable”,  y me pedían no estar tan preocupada.

Cada mañana revisaba sus signos vitales y todo parecía estar bien. Sin embargo, día tras día, notaba que se volvía más pequeña. Durante la vejez, las mujeres solemos encogernos un par de centímetros por año, por lo que al principio supuse que lo que le ocurría era algo común. 

Pero la pérdida de estatura era acelerada. Cada día podía ver cómo se encogía un poco más. Llegó un momento en que ya no encontraba ropa que se ajustara a su nuevo cuerpo, así que comencé a confeccionarle vestidos con retazos de tela que encontraba por la casa.

Una mañana de primavera, mamá se había escondido entre las sábanas de su cama. Cuando la encontré, la tomé con ternura y la recosté en la almohada, mientras ella soltaba una risita pícara -que no había escuchado en mucho tiempo- al ver mi cara asustada por haberla perdido de vista, aunque fuera por un momento. La mañana se veía hermosa, así que me pidió que abriera la ventana para que los rayos del sol iluminaran toda su habitación y pudiera oler la hierba mojada.

Me despedí de ella y, mientras me dirigía a la puerta de salida, Greta saltó y apoyó sus patas delanteras en mi pecho. Pude notar como, a diferencia de mamá, Greta parecía estar más grande, radiante y llena de vida; inclusive las canas que meses atrás había visto habían desaparecido. Pegué mi frente a la suya como un gesto de agradecimiento por acompañarla mientras yo estaba fuera de casa. 

Cuando cerré la puerta, Greta corrió a su habitación, subió a la cama y, con un dulce susurro le dijo: 
-Se ha ido. 
Entonces, mamá empezó a escalar por su cuello y se aferró con firmeza al collar de Greta mientras la perra se levantaba y saltaba por la ventana.

Regresé por la tarde a casa y, extrañada, vi que Greta no estaba por ningún lado. Pero mi susto fue mayor cuando entré a la habitación de mamá y tampoco estaba. La busqué entre las sábanas, debajo de la cama, en cada rincón de la casa… ninguna de las dos aparecía.

Salí a la calle desesperada, gritando sus nombres, esperando que escucharan mi angustia y regresaran. Los vecinos, alertados por el escándalo, salieron a ver qué sucedía. Una de ella me contó que había visto a Greta salir por la ventana y correr por la calle empedrada que lleva al cerro, pero que no había visto que mamá fuera con ella. 

Sin embargo, me dijo que había notado algo extraño en Greta: cerca de su cuello, brillaba algo luminoso, como una flama incandescente que crecía mientras se alejaba. 

Pasé años buscándolas. Cada tarde caminaba por esa calle empedrada y me adentraba en el cerro. La policía y los vecinos, que al principio me ayudaban a buscarlas, se cansaron de no encontrar ni un rastro de ellas. 

Al final me resigné: mamá y Greta jamás regresarían.

Desde entonces, cada noche me siento frente a la ventana y miro hacia el cerro, esperando que, aunque sea por un instante, esa flama vuelva a aparecer y llene con su luz la noche oscura.

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