MUDA


El sueño o La cama. Frida Kahlo 1940. 


Mi tía Berta tenía un rostro enjuto, bello, facciones muy afiladas, sobre todo en la quijada. Caminaba con pasos pequeños como para avanzar poco y poder seguir hablando antes de llegar al destino, así fuera ir por un vaso de agua a la cocina. Siempre delgada y un poquito jorobada, como si la existencia fuera un poco pesada y un poco le daba güeva. No tuvo hijos, no le conocí novios. Tampoco la vi durante muchos años porque ella vivía allá y nosotros acá.

A mi mamá le dijo que le daba asco el aroma a embarazada cuando me tenía en su vientre, pero a sus sobrinos nos trataba con dulzura y alegría. Era graciosa, siempre tenía un comentario chistoso, sagaz, fulminante o simplemente grosero. Una vez se disfrazó de la Chilindrina.

Su voz era dulce y también sensual, sumamente expresiva, quizá por eso le encantaba hablar. Se podía pasar horas hablando, contando anécdotas o chismes o historias… ¿inventadas quizá?. Era cuata con Betsa, mi tía super guapa y trabajadora que a sus casi noventa no pierde oportunidad para entaconarse, pintarse los labios rojos y ponerse perfume para salir. Un día pasaron horas contándonos a todos que estábamos como espectadores a su alrededor, sobre una aventura de vacaciones en la playa cuando eran quinceañeras. Estaban de pie en el centro de la sala dándose las espaldas y mientras avanzaba la historia escuchaban el relato de la otra y lo corregían cambiando de lugar y dando la nueva versión al lado contrario de la sala. El resto de la familia estábamos riendo o embobados con esa capacidad única de las cuatas. A mi me recordaron mucho a las gemelas de la película Delicatessen, cocinando historias a cuatro manos, a dos voces y muchos recuerdos compartidos. También le gustaba mucho cantar, sobre todo rolas de Rocío Durcal a todo pulmón y con una cubita en mano, de preferencia acompañada por sus hermanas y sobrinos. La verdad es que siempre quiso más a los varones, creo que en lo profundo le daba miedo que fuéramos mujeres.

Pero un día y sin aviso Berta dejó de hablar. Nunca se supo por qué. Solamente se acostó en su cama y además de dejar de hablar dejó de levantarse. No se movía, no comía, no hacía caso cuando le hablaban, ni siquiera se levantaba al baño. La familia que vivía con ella tardó en darse cuenta, pues en ese hogar habitan casi exclusivamente adultos mayores tratando de resolver su propia vida. Así que Berta quedó postrada sin moverse más que para respirar. Esa mujer que antes hablaba y hablaba ahora estaba muda.

Era como si un día, después de haber dicho todas las palabras se le hubieran acabado. O como si hubiese llegado a la conclusión de que por más que dijera muchas cosas no estaba narrándose a sí misma, no estaba diciendo lo que quería. O quizá habló, pero nunca encontró quién la escuchara. O habló tanto que se ahogó en sus palabras. Una vez tuve una experiencia psicotrópica y las descripciones se volvieron paja, necesitaba que la gente pronunciara solamente una palabra que describiera todo lo que me querían comunicar. Imposible. Hoy me dijeron que este idioma es muy emocional, que las palabras provienen de lo afectivo mucho más que en otros idiomas.

Berta nunca más salió de la cama. Terminó fundida con ella, en ella. Literalmente una mañana fueron a verla y encontraron la cama sin su cuerpo. Sin embargo, la cama había cambiado de forma, parecía como si la cabecera tuviera la forma enjuta de las facciones afiladas de Berta, como si al colchón le hubiesen crecido unos brazos que abrazaban tiernamente las sábanas y ahora cuando alguien se sienta en ella, la cama rechina en muy diversos tonos, como si estuviera hablando o cantándole una canción a quien llega a visitarla.

Amaranta.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Enterrada

¿Qué vamos a comer hoy?

Tere