La panga.

 


Amalia ya no tenía edad para volver a ser madre. Su cuerpo y su alma habían envejecido con celeridad desde que su padre había decidido entregarla en matrimonio con el administrador de la tienda de raya, cuando ella apenas tenía catorce años. Desde entonces, cada noche que dormía junto a su esposo deseaba, con furia silenciosa y asfixiante, la muerte de su padre. Amalia estaba convencida de que, por este deseo, Dios -o quizá Satanás- la había maldecido.

En sus primeros dos embarazos había abortado; tras los abortos, venían las golpizas del hombre que la llamaba inservible. Cuando por fin nació su primera hija llegó junto con ella una calma dolorosa: vinieron cuatro niñas más, pero nunca un varón que el viejo rencoroso creía que le debía el destino.


Pero la maldición apenas comenzaba: su primera hija murió por la picadura de un alacrán, la segunda, en un deslave del cerro; la tercera al golpearse la cabeza tras caer de un caballo y la cuarta asfixiada al tragarse un hueso de durazno. Cuatro cruces pequeñas, con los mismos apellidos, se alinearon en el cementerio del pueblo.


Amalia rezaba todo el día en silencio, pidiéndole a Dios perdón por cualquier pecado que hubiera cometido. Iba a la iglesia a lavarse la cara con agua bendita para purificarse; también acudía a la bruja del pueblo para pedirle que convenciera a Satanás que soltara su mano y con la curandera para tomar brebajes de hierbas que sanaran su alma.  Y parecía que algo de esto había funcionado: pasaron los años y su hija más pequeña seguía con vida, mientras que su esposo, una mañana, simplemente no despertó nunca más. 


Pero aquel día en que ella supo que iba a ser madre de nuevo, comprendió también que la maldición había regresado. Una llamada caótica, de una voz que no reconocía, le dijo que su hija había sido trasladada con urgencia a la ciudad por un problema del corazón y que su nieta iba en camino al pueblo para quedarse con ella mientras la atendían. Fin de la llamada. 


Amalia sintió que la oscuridad la envolvía de nuevo. Temerosa, encendió una veladora a las Ánimas del Purgatorio, les rezó un rosario y consagró a su hija y a su nieta a su cuidado. Luego tomó una estampita de San Miguel Arcángel y la colocó en su puerta para alejar al demonio mientras esperaba la llegada de la niña.


El sonido del motor de la camioneta le anunció a Amalia que su nieta llegaba. Con los ojos hinchados y las manos temblorosas, la niña cruzó la puerta. Amalia acarició su cabeza, y sin decir palabra, se reconoció en ella: recordó el día en que la separaron de su madre para casarse. Pero la niña vio un escenario muy distinto al que Amalia encontró cuando se convirtió en esposa: árboles llenos de frutos, gallinas corriendo por el huerto, cerdos durmiendo tranquilos en el lodo, una vaca sonando su cencerro y a su abuela, enfundada en un vestido de flores, acercándose con un plato de comida.


La abuela trató de darle la mejor vida posible a su nieta, sepultando el miedo que aún podía sentir por lo que ella insistía en llamar su maldición. Cada mañana alimentaban a los animales, recolectaban frutas para el desayuno y Amalia llevaba a la niña con una maestra jubilada para que le diera clases mientras no podía asistir a la escuela. También caminaban juntas hasta la playa: Amalia llevaba algunos mangos y se los intercambiaba a los pescadores por pescados y mariscos frescos. A veces nadaban un rato en el mar, otras veces en el río, hasta que la pequeña quedaba exhausta y regresaban a casa. La vida marchaba entre una paz inquietante, sostenida por oraciones para que la salud regresara a la hija de Amalia.


Pero una mañana, Amalia despertó y vio su estómago enorme, tan hinchado que apenas podía moverse. Sus piernas y su manos también estaban inflamadas y amoratadas. Cuando la maestra la vio, de inmediato llamó al médico del pueblo. Aquel hombre que la conocía de toda la vida, necesitó apenas un vistazo para dar su diagnóstico: Amalia tenía un océano dentro de su cuerpo, estaba inundada por dentro.


La maestra se encargó de ir todos los días a casa de Amalia para darle sus medicamentos y ayudarla con el cuidado de la niña. Ella, angustiada, veía como también su abuela iba perdiendo la vida aceleradamente. Para tratar de aliviar su dolor, la maestra intentaba mantener la rutina que llevaba junto con su abuela. Una mañana decidió llevarla a la playa, y entonces la tragedia alcanzó de nuevo a Amalia.


La niña se entregó al llamado del mar sin dudarlo, y el mar, viejo traicionero, aprovechó un descuido de la maestra para tomar de la mano a la pequeña y llevársela. Los pescadores subieron a sus pangas y la buscaron por horas, pero el mar les ganó la partida. Amalia en casa, sintió como el océano que cargaba dentro comenzaba a agitarse como si ya intuyera la tragedia. 


La maestra, los pescadores y medio pueblo fueron a casa de Amalia. No tuvieron que decir nada: ella ya lo sabía todo. Sintió, de nuevo, el dolor de la pérdida y la culpa de arrastrar una maldición que alcanzaba a cada mujer de su familia. Amalia hizo lo que no pudo de niña ni le fue permitido de adulta: llorar y llorar. Lloró por la pérdida, por los golpes, por la soledad, por la violencia; lloró por su madre, por sus hijas y su nieta.


Lloró tanto que toda el agua que tenía dentro salió por sus ojos, lloró tanto que la casa empezó a inundarse y las calles del pueblo se volvieron ríos que conectaron con el mar. Amalia sintió su cuerpo más ligero y nadó hasta el techo de su casa. Ahí, sentada sobre las tejas, vio acercarse una panga, pero no era un pescador quien la guiaba.


En la panga, serenas y sonrientes iban su hija y su nieta. Se acercaron con calma y le extendieron la mano para que subiera. Entonces le dijeron:

-Vamos a la tierra prometida, donde no hay dioses ni demonios, donde solo estamos las mujeres maldecidas, donde la paz por fin nos abraza.

Amalia subió a la panga y se perdieron juntas en el horizonte.


El pescador que me contó esta historia me dijo que la Isla de las Mujeres Maldecidas solo se puede observar a lo lejos, después del temporal de huracanes, cuando la lluvia y el viento arrasan y se llevan todo el dolor de las mujeres del pueblo hacia el mar.


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