Una visita inesperada
Estaba realizando mis labores diarias, cuando de pronto escuché ruidos extraños en la cocina. Fui a averiguar qué era y descubrí a un astronauta husmeando mi fogón. Traía casco y un traje blanco que parecía botarga. Volteó a la defensiva, se sorprendió al verme. No supe qué decir. Él habló primero:
—¿Cómo se llama este planeta?
—Esta es la Tierra —mentí.
Puso cara de estar viendo a una loca.
—Imposible. Yo vengo de la Tierra y los cálculos muestran que está a miles de años luz de distancia. Además, tú no deberías estar aquí, las mujeres nunca han viajado al espacio exterior y menos una como tú.
Abrí la ventana y le mostré el bosque.
—¿Ves? Esta es la Tierra.
—En la Tierra no hay árbol que perdure fuera de las burbujas de oxígeno diseñadas con alta tecnología, las cuales sólo existen en las ciudades importantes, así que mientes.
El hombre estaba perplejo.
—¿Qué estás haciendo en mi casa? —pregunté.
—Hacíamos una expedición con el propósito de encontrar vida en otros planetas para colonizarlos. Éramos cientos. Algo sucedió con la nave y tuvimos que abortar la misión. Los que pudimos nos lanzamos en las cápsulas espaciales de emergencia. La mía aterrizó detrás de tu choza, mis compañeros murieron… hablamos el mismo idioma, pero no logro identificar de dónde es tu acento.
—Es probable que la cápsula te haya regresado a la Tierra sano y salvo… Felicidades, sobreviviste —dije con sarcasmo.
—Yo mismo vi los datos que la cápsula arrojó, este es otro planeta.
—Si este es otro planeta, ¿cómo es posible que yo esté aquí?
El hombre frunció el ceño y no respondió, pero continuó hablando:
—No traes ningún tipo de protección y respiras con naturalidad, eso quiere decir que yo también puedo.
Lo pensó dos veces antes de quitarse el casco. Cuando lo hizo, al instante se hizo polvo.
-Yuri Bautista

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